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Literatura y poesía/
Declaración de un Estado Judío

Amos Oz

No olvidarás esta noche hasta el último de tus días

La experiencia del Kaf-tet Benovember (fecha de la Declaración de un Estado judío en la ONU) en Jerusalén: tomado del libro "Una historia de amor y oscuridad"

Hasta que la voz gruesa y ronca volvió a sacudir el aire a través de la radio y resumió con una sequedad áspera pero llena de alborozo: “treinta y tres a favor, trece en contra. Diez abstenciones, y un país se ausentó de la votación. La propuesta fue aceptada”.

Acto seguido, su voz fue engullida por el bramido que estalló desde el interior de la radio, surgiendo y desbordándose de las galerías enloquecidas de felicidad en el vestíbulo de Lake Success y, tras otros dos o tres segundos de incredulidad con los labios separados, como sedientos, y con los ojos abiertos de par en par, rugió también nuestra remota calle sita al final del barrio de Kerem Abraham, al norte de Jerusalén. 

...

Y, un momento después, me encontraba nuevamente sobre los hombros de mi papá, mientras que él, mi muy ilustrado padre, siempre tan educado, se puso a gritar a toda garganta: no palabras ni juegos de palabras ni consignas sionistas, sino un largo y desnudo grito, como los que se bramaban antes de que se inventaran las palabras... Mi padre no se calló, sino que vociferó con toda su voz, hasta el borde de la capacidad de sus pulmones, un grito de “Aaaaahhh…” y cuando sintió que se le terminaba el aire volvió a aspirar, como una persona ahogándose, y continuó gritando; ese hombre que aspiraba a ser un gran profesor, de lo que también era digno, y que, ahora, toda su persona se había convertido en un grito: “Aaaaahhh”

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Luego de ello, en la calle Amos y en todo el barrio de Kerem Abraham y en todos los barrios judíos hubo bailes y lágrimas, y banderas que aparecían de ningún lugar, consignas escritas en trozos de tela, y coches que tocaban sus bocinas hasta más no poder, y cantos de “Seu Tziona Nes vaDeguel” (“Llevad a Sión milagros y banderas”) y “Po Beeretz Jemdat Avot” (Aquí en el bello país de nuestros antepasados”); y de todas las sinagogas brotaban sonidos de Shofar y se sacaban libros sagrados del arca sagrada y, todos juntos, se unían en rondas de bailes al son de las canciones: “El ibne hagalila” (“Dios construirá la Galilea”), y “Shuru habitu vereu, ma gadol hayom haze” (“Cantad, mirad y ved, cuán grande es este día”). Más tarde aún, en las horas tardías de la noche, se abrió de pronto el almacén de Don Oster, y se abrieron todos los quioscos de la calle Tzfania y de la calle Geula; y en Chancellor y en Yafo y en King George, por toda la ciudad se abrían los bares que repartían gratuitamente refrescos, golosinas, pasteles e incluso bebidas alcohólicas. Las botellas de jugos, de cerveza y vino pasaban de mano en mano, y todos se abrazaban y besaban con desconocidos derramando lágrimas de felicidad, y los atónitos soldados ingleses eran arrastrados a las rondas de baile suavizados por las latas de cerveza y licores, mientras que los entusiasmados celebrantes se trepaban a los vehículos blindados del ejército británico donde izaban las banderas del estado que aún no se había establecido pero cuyo establecimiento había sido determinado esa noche en Lake Success.

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Aquella noche del veintinueve de noviembre de 1947, yo sentado a los hombros de mi papá mientras paseábamos por ahí entre las rondas de baile y las exclamaciones de alegría, mi padre me dijo, no como un pedido o un deseo, sino como algo que sabía y cuyo conocimiento determinaba a clavo y martillo: “observa muy bien, mi hijo, observa esto con todos tus sentidos, porque tú, que eres aún un niño, ya nunca olvidarás esta noche hasta el último de tus días, y todo lo que ves en esta noche lo relatarás a tus hijos y a tus nietos y bisnietos mucho después de que nosotros nos hayamos ido.

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Ya a la madrugada, a las horas en que nunca estaba permitido que un niño no estuviera ya en su cama desde hacía rato, quizás a las tres o cuatro de la mañana, me acosté en mi cama sin cambiarme de ropa y me cubrí con la frazada en la oscuridad. Poco después, la mano de mi padre levantó la frazada, no para amonestarme por estar en la cama sin haberme cambiado de ropa, sino para recostarse a mi lado, también con la ropa que había usado durante todo el día y que estaba saturada del sudor de las multitudes exactamente como la mía (eso, a pesar de que en nuestra casa había una ley de hierro: nunca, jamás y en ningún caso estaba permitido acostarse entre las sábanas sin cambiarse de ropa). Mi padre permaneció así recostado en silencio durante unos minutos, a pesar de que repudiaba los silencios y solía apresurarse a expulsarlos. Sin embargo, esta vez no hostigó en absoluto al silencio que se había colocado entre nosotros, sino que participó de él mientras que sólo me acariciaba la cabeza con la mano. Como si en aquella oscuridad mi padre se hubiera convertido en madre.

Luego me contó en un susurro, sin llamarme ni una sola vez “Su Alteza” o “Su Señoría”, lo que le habían hecho a él y a su hermano David muchachos callejeros en Odesa, y lo que le habían hecho los muchachos gentiles en la escuela secundaria polaca de Vilna mientras las chicas participaban también; y cómo, al día siguiente, al llegar su padre para reclamar su dignidad, no sólo que los matones no le devolvieron el pantalón roto, sino que, a la vista de él, atacaron también a su padre, mi abuelo, tumbándolo a la fuerza y quitándole a él también los pantalones en medio de la escuela, mientras las chicas se reían e insultaban diciendo que todos los judíos eran así y asá. Los profesores, por su parte, miraban y se callaban o, tal vez, se reían también.

Y aún con esa voz de oscuridad y mientras su mano seguía deambulando por mi pelo (porque no estaba acostumbrado a acariciar), mi padre me dijo, debajo de mi frazada, en la madrugada del treinta de noviembre de 1947: “Probablemente, tú también te enfrentarás con matones en la calle o en la escuela. Y tal vez te hostiguen porque es posible que te parezcas un poco a mí. Pero, de ahora en adelante, una vez que tengamos un estado, nunca más serás molestado por todo tipo de matones sólo porque eres judío o porque los judíos son así o asá. Eso - no. Nunca más. A partir de esta noche, eso aquí se ha acabado. Se ha acabado para siempre ".

Entonces alargué mi mano soñolienta para tocar su rostro, un poco más abajo de su alta frente y, de pronto, sentí en mis dedos no sus gafas, sino sus lágrimas. Nunca más en mi vida, ni antes de esa noche ni después, ni siquiera cuando murió mi madre, he vuelto a ver a mi padre llorar. Y, de hecho, incluso aquella noche no lo vi llorando: la habitación estaba oscura. Solamente una mano. Solamente mi mano izquierda lo vio.

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