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Fuentes y filosofía/
Declaración de un Estado Judío

Ezriel Carlebach

7000 judíos recitan “Shehejeianu”

sobre el Kaf-tet Benovember (Declaración de un Estado judío en la ON) en Estados Unidos. Tomado del “Libro de la Resurrección”

7.000 judíos se apiñaron en la Sala Nicolás una hora después de la histórica declaración. 10.000 bloqueaban los túneles del subterráneo, incontables miles llenaban las calles alrededor de la sala de la asamblea. Los periódicos de la mañana anunciaron que Weizmann y Shertok (Sharett) serían los oradores. Los judíos trajeron escaleras y treparon a las ventanas de la sala. Bailaron una “Hora” en Broadway. Se aferraban del dobladillo de la ropa de todo israelí, rodeándolo y bailando a su alrededor. La policía llegó para mantener el orden, pero, finalmente, entregó sus vehículos altavoces a los manifestantes. Los judíos eran subidos a los automóviles y pronunciaban discursos frente al público.

Dentro de la sala, el viejo líder de los trabajadores Schlossberg se cubrió la cabeza y dijo, con lágrimas en los ojos, antes de la apertura de la reunión: “recitemos todos juntos la bendición “Shehejeianu”.

Los siete mil judíos en el interior de la sala y otras decenas de miles afuera bendijeron al unísono:

Shehejeianu”

 

Recuerdo lo que no será olvidado hasta el final de las generaciones: los últimos momentos en Lake Success, minutos que cada uno de ellos eran como mil años: los momentos de la votación. Recuerdo la enorme sala, la tensión y el aire denso. En el espacio flotaba el espíritu de las generaciones de Israel, el eco de los rezos de los padres y las guerras de los hijos, las visiones y anhelos de millones y millones de santos, y la expectativa que se elevaba hasta el clímax y cortaba la respiración, y el corazón que golpeaba como un martillo...

Recuerdo cómo, sobre el escenario, por encima del presidente y el secretario y de las cincuenta y siete delegaciones y los cientos de espectadores y oyentes, sobre el muro opuesto, dominando todo y proyectando su sombra sobre todos, había un enorme mapa de plástico del mundo. Un mapa sin marcas de fronteras ni nombres de países, con grandes bloques amarillos que indicaban los continentes sobre el fondo azul de los siete mares. También recuerdo cómo, mientras estábamos sentados frente a dicho mapa, nuestra mirada vagaba por sus extensas superficies y buscaba dónde estaba ubicada nuestra tierra y cuál era nuestro pequeño trozo de arena que iba a ser aún más dividido. Pero la mirada buscaba y no encontraba, porque incluso sobre el fondo del mapa ampliado, el lugar que nos fue asignado era tan pequeño, tan insignificante, engullido en la infinidad de todos esos reinos, con dimensiones nulas, más pequeño que la cabeza de una aguja. Pero, a pesar de ello, esta aguja microscópica es para nosotros todo el mundo en su totalidad, todas nuestras vidas y aspiraciones, es para nosotros el ombligo de toda la tierra y equivale a todas esas vastas extensiones.

 

Carlebach fue periodista y publicista en la época del “Yishuv” (asentamiento judío en Palestina) y durante los comienzos del Estado. Fue el primer editor del periódico “Yediot Ajaronot” y luego el fundador y primer editor del diario “Maariv”.

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