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Fuentes y filosofía/
Pesaj

Rafi Ravé

Cielo nuevo, tierra nueva – Marruecos

Estoy sentado aquí, en mi nuevo hogar, reflexionando acerca de los días de Pesaj que llegan a nosotros, los hijos de la nueva generación, que cumplimos la fiesta a medias, a veces jametz y matzá juntos, con muchas bolas de matzá (knéidalaj) sobre la Hagadá.

 

Justamente por eso se me aparece clara la imagen del hogar marroquí tradicional.

 

El emocionante encuentro familiar, la mesa tendida, estirada al máximo, cubierta con un gigantesco mantel blanco, una vajilla lujosa, brillante de luz, como un poema festivo, los aromas de los guisados que llenan todo espacio en la casa. Y en el mismo y largo suspiro, acompañan esa visión los días que preceden a la fiesta, que pasan como enloquecidos, con sus preparativos sin fin. Esos preparativos son el "crescendo" que llegan a su cúspide: la fiesta en todo su esplendor.

 

Primero, las compras desaforadas, hacer control de calidad en los mercados, cargar un peso tremendo y el almacenamiento casi imposible (hasta debajo de la mesa y de las camas). Las cantidades de comida demandan infinitas horas de cocina y una planificación casi militar. Y todo lo dirige mamá. Con una coordinación perfecta, manejo del tiempo y división de tareas. Entre la cocina y la colada, esparce al sol las plumas del acolchado. Entre la pintura del techo y las paredes, se pintan también las rendijas entre las baldosas y se vierte agua sin fin sobre persianas y ventanas.

 

Y por fin llega el importante día de la Noche de Pesaj. A esa hora, el trabajo llega a su punto más febril. La vajilla común es fregada con rapidez y colocada desordenadamente en el piso, sobre la mesa y sobre las ventanas, para que se sequen. Luego, se empaca todo en cajas que habían sido colocadas arriba. Allí, sobre una escalera, yo bajo los elementos rituales, uno por uno, con gran cuidado, todos los reciben de mis manos con cuidado reverencial, y con gran delicadeza lo bajan hasta el suelo y se lo entregan a mamá en las manos.

 

Y cuando papá dice: "¡Hay que revisar el jametz!", encendía una vela, me daba una cuchara especia, él mismo toma en una mano una pluma blanca y en la otra la vela, y juntos revisamos… Va hasta una ventana… ¡y encuentra! Iba a la segunda y… ¡encuentra!

 

Yo me río para mis adentros, pero me callo: que jueguen ellos también, una vez por año…

 

Amanece el 14 de Nisán, luego de haber cumplido con el precepto de revisar el jametz (las miguitas fueron envueltas en un trapo junto con la vela de cera y lo ataron, no fuera cosa que llegara un ratón y desparramara las miguitas). Todo está listo para la cena. A esa hora temprana, nos despedimos del jametz por ocho días.

 

Todo cambió ese día: un nuevo cielo y una nueva tierra. Papá vuelve de la sinagoga, mamá está vestida de fiesta, engalanada como una reina que espera al rey, la mesa bien tendida y todo en derredor resplandece de limpieza y pulido.

 

La familia se reúne. Miles de besos, como es la costumbre.

 

Cuando todos están sentados a la mesa, emocionados, comen, beben, rezan, relatan la Salida de Egipto, charlan y se ríen. Se eleva, con melodía oriental, el poema adorado.

 

Esta generación, en la que la secularidad nos acecha, ¿podremos sentir nuevamente la casa de nuestros padres, que albergaban en su alma tesoros de calidez y sacralidad? ¿Y qué será de nuestros hijos? ¿Adónde irán y qué encontrarán en nosotros?

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