google-site-verification: google77f5fad91e8f4e96.html Conmemoración del Holocausto, Fuentes y filosofía
Fuentes y filosofía

Barry Zimmerman

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Algo sobre ballenas

"¿Cómo reaccionaría un lector de pensamiento independiente
a una crítica literaria que no tiene ningún reparo en utilizar
cualquier medio posible a fin de omitir el significado judío
del último cuento de Kafka "Josefina la cantora o El pueblo de los ratones", bajo el ridículo argumento de que la palabra “judío" no aparece en dicha obra?
Gershom Scholem [“Od davar” (Otra cosa), 304]

 

En 1989, unos dos años después de la muerte de Abba Kovner, la Editorial Poalim publicó un libro para niños que había dejado tras él, titulado: "Algo sobre las ballenas" (ilustraciones: Hana Edlan). En este “cuento poético y alegórico" - tal como lo describe la editorial en la cubierta trasera - "Abba Kovner relata cómo se convirtieron las pequeñas ballenas en los gigantes del mar y cómo lograron sobrevivir la penumbra mundial que afectó a los mares y océanos". La descripción de la editorial informa además que “el libro está dirigido a todas las edades, de ocho a ochenta."


Con motivo del Día del Holocausto, intentaremos comprender aquí el significado de esta alegoría, que recae en la mente del lector entendido como carbones encendidos de allí, del lugar donde el sol “ascendió sobre el altar sangriento” como dice el texto de “Recordemos” para el Día de Conmemoración del Holocausto y la Rebelión” que fuera escrito por Abba Kovner en los años cincuenta del siglo 20 (tomado de “Abba Kovner, de él y sobre él, edición de Rozka Korczak-Marla y Yehuda Tubin (Yalkut Moreshet, el museo “Beit Edut” (Casa de Testimonios) a nombre de Mordejai Anielevich y la Editorial Poalim. 1988, pág. 25).


Mucho, muchísimo antes de la aparición del ser humano había un reino de peces sabios en el fondo del mar.


Abba Kovner, quien se había quejado en una carta dirigida a su hija Shlomit el 2.9.84 de que “desde que se publicó mi primer libro y hasta el día de hoy, me ponen la horrible etiqueta de “escritor del holocausto” (ibidem, pág. 61), no se presentó como tal frente a su lector de ocho años. Cada historia cuyos héroes son animales se refiere, en realidad, a seres humanos, lo cual “sabe” el lector ochoañero tan perfectamente bien como el lector octogenario. Pero en un cuento que sucede incluso “antes de la aparición del hombre" - sólo un eco débil de alegoría se vislumbra, por así decirlo, en las profundidades del mar, aunque sus habitantes sean caracterizados como “sabios”, e incluso si el narrador es Abba Kovner, sucesor de Yitzhak Wittenberg como comandante de la organización clandestina P.P.O. en el gueto de Varsovia.

Con una rima descuidada, unas veces completa y otras insinuada, unas veces algo infantil y otras intensificada como un león, el poeta sigue describiendo el reino de los peces cono una comunidad de animales que nunca desatiende la asistencia mutua y las relaciones de amistad entre sus miembros;

 

Tenían muchas virtudes:
sabían conversar el uno con el otro,
aprendían a cuidarse mutuamente
y, en momentos de dificultades o emergencias,
se ayudaban solidariamente;
y, además, tenían un cálido corazón
para amarse los unos a los otros
en las frías aguas del mar.

Eran también modestos
y solían esconderse detrás de las piedras,
razón por la cual muchos enemigos
los acechaban
en las profundidades del mar;
porque ellos una gran desventaja tenían:
¡eran pequeños!
Eran los peces más pequeños
del gran océano,
que estaba lleno de monstruos
que mucho comían y devoraban!

 

Los lectores de ochenta y de dieciocho años podrían comenzar a pensar ideas absurdas sobre una semejanza con el pequeño pueblo judío en el gran mar de la diáspora repleta de monstruos… pues - ¡que las piensen! El de ocho años sólo ve peces, un océano y monstruos. Y el de ocho años se maravilla al oír a continuación que:

 

Pero casi se nos olvidaba contaros
que los pequeños, transparentes y blancos peces
se llamaban - ballenas...


A partir de aquí, el ochoañero comienza a sentirse atrapado por la inquisitiva pregunta: cómo se solucionará la contradicción consistente en que el nombre real del pez que es el más grande de todos, y el nombre en el cuento del pez más pequeño de todos - ¡es el mismo nombre! y es entonces cuando se entera de cómo la pequeña madre-ballena vuelve de un paseo a lo largo de las olas de la superficie con una mala noticia en sus labios:

“queridos míos”, dijo mamá ballena
con las aletas temblando:
“¡mis ojos han visto una penumbra mundial!
enormes glaciares ocultan el sol,
“¡ya no es posible distinguir entre el día y la noche anterior!
¡Ay, Dios mío! nuestra casa, el mar, se está congelando cada vez más”.

¡Ay, chico de ocho años! Pregunta a tus padres y abuelos, ellos te explicarán qué es la “penumbra mundial”.


La familia de ballenas se asustó y se reunió
desde todos los rincones del mar,
y vino también el rey-ballena, un pececito blanco
y pequeño, pero muy inteligente.


Y el rey, cuyo nombre era Reypez,
pidió a su hijo mayor que se acercara.

Y, parándose sobre su cola, dijo el padre:
“hijos de mi pueblo”, dijo el rey, “son estos momentos duros
para nosotros,
es obvio que los primeros en congelarse
seremos las ballenas, porque formamos un pueblo pequeño
y somos, por mucho, los más débiles”.


“Son tiempos duros para Yaakov” sabe citar el de ochenta años para su hijo que no pregunta. Pues el cuento, al fin y al cabo, es un cuento. Un rey y un príncipe juntos - y los niños leen sus cuentos. El octogenario recuerda: en enero de 1940, antes de que el mar se congelara por completo, Abba Kovner escribió en Vilna la última línea de su profecía “en el lugar donde descansa el Arca...” (ibidem, página 11): “las creaciones de Dios se están hundiendo en el mar, y nosotros - los primeros ahogados del mundo - seguimos aun declamando poemas.

¡Ay, octogenario! ¡No llores al ver al niño de ocho años! ¡No se trata más que de un cuento sobre peces!

 

Y, entonces, un silencio aterrador fluyó de los ojos de los peces
y el rey enfatizó, palabra por palabra:
“pero somos fuertes en sabiduría...
y en amor...
y si todas las fuerzas que tenemos
invirtiéramos en un solo cuerpo,
y todo el calor que tenemos en un solo espíritu,
entonces ese alguien crecerá y se reforzará
y permanecerá - ¡y vivirá!”

 

Las fuerzas de la sabiduría y del amor - son el medio y son la meta. Un medio para rescatar a alguien, que los salva mediante su supervivencia, porque ellos son lo principal.

¿Qué ochoañero no temería a ese silencio fluyente?

¿Qué octogenario no entendería?

 

Y los peces escucharon y entendieron el significado de sus palabras
y aplaudieron con sus aletas
en señal de aprobación.

Acto seguido rodearon al hijo del rey, el pez más
bello,

y cada uno de ellos le traspasó todas las fuerzas
de su cuerpo y de su espíritu - mediante respiración boca a boca.

También los tesoros de la sabiduría
que poseía toda la comunidad otorgaron al único
elegido.


Y, entonces, de pronto, todos vieron cómo el pequeño hijo del rey
comenzaba a crecer y ensancharse y ya no alcanzaba el lugar
para él, porque su cuerpo se había vuelto gigante,
¡casi como un buque entero!

Luego dieron el resto de la fuerza
a la chica que él amaba, su novia la princesa.


A la vista de sus hermanos maravillados y perdidos
se erigió la pareja y se alejó
nadando con enorme fuerza entre los puntiagudos glaciares…
y desapareciendo.


A través de mares y océanos de hielo y frío
llegó la pareja a la costa de Tierra del Fuego.

Aquí, en la corriente cálida, se quedaron a esperar hasta que pasara
el período de hielo y hasta que el mundo se recuperara.


¡Hurra! ¡Hurra! Gritó el ochoañero. ¡Se salvaron!
¡Ay! ¡Ay! Se quejó el octogenario.

El ochoañero casi olvidada a los que quedaron atrás en espera de la muerte.

El acongojado corazón del octogenario no le permitió alegrarse.


Y cuando el hielo se derritió y volvió el orden al mundo,
salieron a cruzar los mares, él y ella solos,

y se amaron mutuamente y procrearon descendientes
que volvieron a llenar el reino de los mares.


¡Un fin feliz! se regocijó el ochoañero. El príncipe y la princesa están enamorados, procrean ballenas que nacen también grandes como ellos. Y así se resuelve la contradicción entre los nombres. Es así como se formaron las enormes ballenas. El ochoañero ya quiere cerrar el libro. Pero el octogenario no se lo permite, como tampoco Abba Kovner ni las ballenas:

 

Desde entonces se esfuerzan las ballenas blancas
por nadar siempre juntas, en parejas.

Porque les resulta difícil la soledad
y, a pesar de la amistad de los demás residentes del mar
no pueden relatar a extraños
la historia de sus familias perdidas en las profundidades del mar.

 

No solamente sabiduría y amor inyectó la comunidad a los elegidos, sino también su memoria, un obsequio silencioso y sangriento, un agradecimiento espantoso.


Y cada vez que cualquiera de las ballenas recuerda
a sus antepasados
que no podrán ya, nunca más,
emitir enormes chorros de sus lomos,
que sólo quienes no conocen el idioma de las ballenas,
podrían pensar que son chorros de agua salada
y no lo que son en realidad: las lágrimas que surgen
por la memoria de sus padres, madres, hermanos y hermanas
que dieron su fortaleza, amor y espíritu
a aquellos que sobrevivieron
para que se convirtieran en los reyes de los mares por todas las generaciones.


La fortaleza, el amor y el espíritu permanecieron, sobrevivieron. Pero la memoria de los cuerpos perdidos ha dejado en sus enormes descendientes un llanto perpetuo.  El chorro de agua de las ballenas es un monumento eterno y fluyente en honor a una comunidad que fue brutalmente aniquilada, a la familia. Tal como lo formuló Abba Kovner en su “Recordemos” para el Día de Conmemoración del Holocausto y la Rebelión: “Recordemos a nuestros hermanos y hermanas, las casas de la ciudad y las casad de la aldea, las calles de la ciudad bulliciosas como ríos - recuerden los vivos a sus muertos porque aquí están frente a nosotros, he aquí sus ojos a todo nuestro alrededor, y nunca, nunca cesaremos de recordar hasta que nuestras vidas sean dignas de su memoria".


Somos las ballenas. Hacia nosotros se dirigen los ojos de los muertos. En nosotros están puestos los ojos de nuestros hijos. Tenemos el deber de enseñarles cómo fuimos creados a partir de la fortaleza, el amor y el espíritu de los sentenciados a morir.

El Día de Conmemoración del Holocausto 5764 (2004).

Se durmió el ochoañero. Llora el octogenario.

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