google-site-verification: google77f5fad91e8f4e96.html El dinero de Janucá
Fuentes y filosofía/
Janucá

Sholem Aleijem

El dinero de Janucá

un cuento de Sholem Aleijem

"Estas velas que encendemos" ya fueron preparadas durante el día, y nuestro padre camina por la casa de aquí para allí con las manos hacia atrás y reza la plegaria de Arvit. Cuando termina la última oración, "Debemos alabar al D's de todas las cosas", se dirige a nosotros, a mí y a mi hermano Motl, con frases entrecortadas y hace señales con los dedos: "i... am...u...que extiende los cielos y pone los cimientos de la tierra… a… a!" pero ni yo ni mi hermano Motl entendemos nada del lenguaje de nuestro padre ni de sus alusiones y le preguntamos: "¿Tal vez has dicho fósforo? ¿Tijera?

Nuestro padre señala la cocina con el dedo y exclama: –¡E... a... pe... y por eso en ti confiamos, mi madre de ustedes, mi madre de ustedes!

Esta vez entendimos a qué aludía y por eso nos apresuramos a traer a nuestra madre de la cocina para que oiga la bendición del encendido de la vela, la vela de Janucá. Detrás de ella se arrastra Braine la cocinera, una mujer negra, de manos torpes y sucias, y las dos se paran en el umbral, junto a la puerta, hacia la menorá, para oír "el regocijo y la bendición", y yo y mi hermano Motl logramos con gran dificultad contener la risa que no tardará en estallar, al ver a esa mujer, la negra señora Braine, que se seca las manos con el delantal sucio y luego las pasa por la nariz desde arriba hacia abajo y deja una marca clara en la cara....

Bendito eres Tú... Papá empieza a recitar la bendición en una versión especial, la de Janucá, y concluye buenamente con "encender una vela de Janucá", se inclina y enciende la vela. Las mujeres hacen gestos de recato y temor reverencial y responden con intención plena: "Bendito sea Él y bendito sea Su nombre", "amén". En ese momento Braine sacude la cabeza y hace una cara tan extraña, que yo y mi hermano Motl tenemos miedo de mirarnos para no soltar la risa.

"Estas velas que encendemos" entona nuestro padre en un murmullo y empieza a caminar de aquí para allí por la habitación, mira la menorá, reza y no cesa. ¡Sólo D's sabe cuánto tiempo orará!

–¡Motl! Acércate a papá y háblale del dinero de Janucá. Así empujo a mi hermano Motl, pero él no quiere.

–¿Por qué yo? ¿Tal vez tú?

–Motl, eres menor que yo y debes ir primero.

–¡Al contrario! ¿En serio?

Nuestro padre oye nuestras negociaciones y les presta atención, pero se hace el que no oye nada, se acerca lenta y tranquilamente a la mesa y empieza a jugar con unas monedas. Nosotros alzamos la vista y miramos hacia arriba como distraídos mientras nos rascamos ingenuamente debajo de las peot, como si no viéramos nada y como si nada de eso tuviera que ver con nosotros.

–¡Mmm!... ¡Niños!... Vengan... Mmm... ¡Aquí tienen el dinero de Janucá!"...

Tendemos las manos hacia nuestro padre y recibimos las monedas con manos temblorosas, los dos marchamos a una sala especial, al principio lenta y educadamente y después saltando y bailando; antes de llegar a la habitación de los niños no podemos contenernos más y salimos a la carrera y saltando en un solo pie, entonando con alegría y emoción:

Uno y uno,

uno y dos.

¡Es mejor en un solo pie

que con los dos!

Por eso a los soldados superaremos

y bailaremos como un carnero

precisamente en un solo pie,

¡uno y uno!...

Seguimos tarareando y saltando hasta que la puerta se abrió y apareció nuestro tío Beni.

–¡Amigos bromistas! ¡Tienen que recibir mi dinero de Janucá!"

Nuestro tío Beni saca la mano del bolsillo con dos monedas de plata y también él nos da dinero de Janucá. Nuestra alegría es infinita.

 

II

Cuando el tío Beni llegó, mi padre tomó una hoja grande y trazó líneas cuadradas negras y blancas, pidió que le dieran habas negras y blancas y los dos empezaron a jugar al ajedrez, o como lo llaman entre nosotros, "huesos". Todos los años juegan a esto durante los ocho días de Janucá y siempre ponen una condición previa para hacerlo, y enseguida empiezan los debates y tratativas, las quejas y respuestas después de jugar.

–Mira,Beni, te advierto que el juego será como corresponde, sin arrepentimientos ni engaños. y escucha Así dice papá y empieza a jugar, y también nuestro tío Beni empieza y dice:

–Sí, sí, sin arrepentimientos ni engaños.

De a poco los dos se sumergen en el juego hasta que papá no puede escuchar cómo yo y mi hermano Motl jugamos con el sevivón (trompo) y gritamos y nos peleamos y batallamos. Tanto papá como nuestro tío Beni se apoyan sobre la mesa, mueven los pies, mordisquean el borde de la barba y dicen lo mismo en un susurro:

–¿Cómo jugar?– se pregunta papá con la melodía de estudiar Guemara. –Si dijera que voy a tocara este hueso, ¿debo temer que él golpee dos de mis huesos?

–¡Tus dos huesos!– Lo ayuda nuestro tío Beni con la misma melodía.

–¿Pero qué?– Papá sigue canturreando.– Debo ir hacia la derecha para golpearlo en dos huesos como corresponde; ¿y si quiere avanzar hacia la izquierda para amargarme y golpearme en tres huesos? ¿Por sorpresa?

–¡Ciertamente en tres huesos!– Nuestro tío Beni lo ayuda exactamente con la misma melodía.

–¡Eres muy tonto, hermano Beni!– Papá canturrea y salta con uno de sus huesos sobre dos huesos de nuestro tío Beni.

–Si hay alguien tonto, ¡eres tú!– Lo ayuda nuestro tío Beniy también él salta con uno de sus huesos, e inmediatamente se arrepiente.

–¡No se puede avanzar y retroceder y avanzar!– Papá grita sin canturrear y le toma la mano. –¡Habíamos acordado jugar sin arrepentimiento ni engaños!

–¡Mientras esté a mitad de camino, tengo derecho a mover como quiera!– También nuestro tío Beni responde sin canturrear.

–¡No y no! ¡No se grita por lo que ha pasado!

–¿Tú me dices que no grite por lo que ha pasado?

–¡Te digo que no se grita por lo que ha pasado!

–Dime, hermano, ¿cuántas veces te arrepentirías tú?

–¿Yo me arrepentiría?

–¡Tú te arrepentirías!

–¿Cómo no te avergüenzas, Beni? Eso es lo que dije, no se puede jugar a los huesos contigo.

–¿Y quién te obliga a jugar conmigo?

–¡Felicitaciones, señores! ¿Por qué discuten?

Así dice mamá, que llegó de la cocina con la cara ardiendo, y detrás de ella se arrastra la señora Braine con una fuente llena de latkes caliente untados con grasa, y el vapor sube y se eleva hacia arriba.

Todos nos acercamos a la mesa, y yo y mi hermano Motl, que hasta hace un rato nos peleábamos y pegábamos para jugar con el sevivón, nos reconciliamos rápidamente y hacemos las paces, y nos sentamos a la mesa para hacer honor a los latkes con toda seriedad.

 

III

Esa noche no podía dormir. Estoy acostado y pienso: ¿Cuántas monedas tendré si todos mis tíos y tías, mis hermanos y hermanas me dan dinero de Janucá? El primero y más importante es mi tío Moishe Aharon, el hermano de mi madre, que es un avaro pero, por otro lado, es un hombre muy rico y tiene mucho dinero. El segndo es mi tío Itzi y mi tía Dvoire. El tercero es mi tío Beinush y mi tía Yente, y nuestra hermana Sara Heidel y su esposo Sholem Zeidel, y el resto de nuestros tíos y tías, parientes, familiares y allegados, ¡que no nos dé el mal de ojo! ¡Motl! ¿Duermes?

–¿Qué pasa? ¿Por qué que gritas?

–¿Cuánto dinero de Janucá esperas recibir de nuestro tío Moishe Aharon?

–Lo que me dé.

Un momento más tarde:

–¿Motl? ¿No duermes más?

–¿Qué pasa?

–¿Cuánto nos dará nuestro tío Itzi, que viva largos años?

–¡No soy profeta ni hijo de profeta!

Dos momentos después:

–¡Motl! ¿Todavía no te dormiste?

–No estoy dormido. ¿Y tú?

–¿Alguien tiene tantos tíos y tías como nosotros?

Unos minutos más:

–¡Motl! ¿Todavía estás despierto?

–Todavía estoy despierto, ¿y tú?

–Si estás despierto, ¿por qué hacer hablar a los labios de los que duermen?

–Si preguntas algo concreto, te respondo correctamente.

Un momento más:

–¡Motl! ¡Motl! ¿Ya terminaste de dormir?

Zzz... rrr... jjj... Motl ronca por la nariz, duerme plácidamente y yo saco las monedas, mi dinero de Janucá, las miro, me entretengo y me digo: ¡Shekel! ¡Shekel! ¡Shekel! Dales la vuelta de un lado y del otro; de ellas proviene todo: juguetes, palos, bolsillos, nueces, frutas selectas, pasas y algarrobas; dales la vuelta de un lado y del otro; de ellas proviene todo. Después escondo el dinero debajo de la almohada y leo Shemá con intención seria y rezo para que sea Su voluntad que todos mis tíos y tías abran las compuertas y me den dinero de Janucá, mucho y con gran generosidad. Se me cierran los ojos y veo a la señora Braine que viene de la cocina con una gran fuente en las manos, llena de monedas...

Esta Braine no camina con los pies, sino que flota en el aire y canta: "Estas velas que encendemos", mi hermano Motl traga monedas y yo grito como una grulla:

–¡Motl! ¡Motel! ¿Qué haces? ¿Tragas monedas? ¡¿Monedas?!...

Me despierto del sueño y le digo a mi corazón: "Has tenido un buen sueño, has tenido un buen sueño ", y vuelvo a dormirme.

 

IV

Al día siguiente madrugamos y rezamos la plegaria de Shajarit y tomamos el desayuno de prisa, nuestra madre nos vistió con capas de piel y nos cubrió la cabeza con gorros, nos envolvió con chales gruesos y empezamos a presentarnos a las puertas de nuestros familiares y parientes para recibir el dinero de Janucá.

Por primera vez fuimos a la casa de nuestro tío Moishe Aharon, que tenga larga vida. Este tío es un hombre débil y delgado que padece una enfermedad intestinal. Siempre, en cualquier momento, cuando alguien va a visitarlo lo encuentra de pie junto al fregadero, lavándose las manos y rezando "que ha creado", deteniéndose concienzudamente en "perforaciones y orificios".

–¡Muy buenos días, tío! Atronamos juntos, yo y mi hermano Motl, y nuestra tía Pesl viene hacia nosotros y nos acoge con cariño. Nuestra tía es una mujer de baja estatura, con un ojo negro y el otro blanco. Nuestra tía Pesl nos quita las capas y retira los chales gruesos, seca nuestras narices con el delantal y dice: "¡Vacíen las narices! ¡Bien bien! ¡Hasta el final! ¡Más, más!"

Nuestro tío Moishe Aaron, envuelto en ropa vieja y abrigada, con un yarmulke deshilachado en la cabeza y un bigote ralo, está de pie junto al fregadero, se seca las manos y frunce la cara, guiña un ojo y canturrea con mucha seriedad: "Per-fo-raciones perforaciones, ori-fi-cios orificios".

Yo y mi hermano Motl nos sentamos como sobre brasas; cada vez que venimos aquí se apoderan de nosotros un terror espantoso y una gran tristeza. Nuestra tía Pesl se acerca, se sienta frente a nosotros y cruza las manos sobre el pecho.

–¿Vuestro padre está bien?

–Está bien.

–¿Y cómo está vuestra madre?

–Bien.

–¿Seguramente ya mataron gansos en vuestra casa?

–Mataron.

–¿Y frieron la grasa?

–Frieron.

–¿Prepararon latkes?

–Prepararon.

–¿El tío Beni seguramente fue a visitarlos?

–Fue.

–¿Y jugó con vuestro padre a los huesos?

–Jugó.

–¡Moishe Aharon! ¿Moishe Aharon? ¡Hay que dar dinero de Janucá a los niños!

Pero nuestro tío no hace caso a nuestra tía, se seca las manos y termina con énfasis; "¡Y o-bra ma-ra-vi-llas!" Nuestra tía Pesl se apresura a recordarle otra vez:

–¡Moishe Aharon! ¿Moishe Aharon? ¡dinero de Janucá para los niños!

–¿Qué? ¿Dinero de Janucá? ¡Ay, mi panza, mi panza!– responde nuestro tío Moishe Aharon. Y agrega con una melodía especial: –¿Dinero de Janucá quieren? ¿Para qué necesitan dinero niños como ustedes? ¡Los niños pequeños como ustedes no necesitan dinero! ¿Y cuánto les da vuestro padre? ¿Y qué quieren hacer con el dinero de Janucá? Así es como la gente malcría a sus hijos con sus propias manos, realmente...

–¿Y a ti qué te importa?– Nuestra tía lo interrumpe.– ¡Dales lo que les corresponde y que se vayan tranquilos!

Nuestro tío Moishe Aharon se da vuelta y va a su habitación, hace ruido con las pantuflas, rebusca mucho tiempo en los cajones de la mesa y en los roperos, saca de ellos algunas monedas y habla consigo mismo:

–Mmm... Sí, sí, realmente corrompen a los niños con sus propias manos...

Mientras tanto nos da unas monedas que no tienen forma de moneda, y nuestra tía drena nuestras narices, nos viste con las capas y nos envuelve con los chales y nosotros nos vamos. Corremos por la nieve que silba bajo nuestros pasos y contamos las monedas que nuestro tío Moishe Aharon nos dio, no podemos contarlas porque nuestras manos están congeladas y nuestros dedos hinchados. Y las monedas son antiguas, monedas de cobre, centavos extraños, borrados y verdosos de vejez. Es muy difícil contarlas afuera y es imposible saber exactamente cuánto dinero de Janucá nos dio nuestro tío Moishe Aharon

 

V

Nuestra segunda parada para recibir dinero de Janucá es la casa de nuestro tío Itzi y nuestra tía Dvoire, nuestro tío y nuestra tía con los que nuestro padre y nuestra madre están enojados desde hace varios años. No conocemos la causa del enojo, pero sí sabemos que nuestro padre y nuestro tío son hermanos desde que nacieron y que no se hablan desde hace muchos años, a pesar de que los dos rezan en la misma sinagoga y sus asientos están uno cerca del otro. Cuando llega una fiesta, en el momento de sacar la Torá y empezar la venta de las aliot, los dos quieren la misma y suben el precio hasta el tope. Se oyen voces, todo el mundo susurra, todos hablan y hay mucho movimiento en la sinagoga. Todos quieren saber quién será el "tercero" o el "sexto".

El bedel de la sinagoga, Rev Lemel el narigón de mechas pelirrojas, está de pie en el estrado y la mayor parte de su cuerpo está encorvada sobre la mesa, el talit caído por la mitad, el yarmulke inclinado hacia el norte y sus ojos hacia el este, hacia nuestro padre y nuestro tío Itzi, y canturrea:

–¡Jai (dieciocho) monedas de oro para el sexto lugar! ¡Veinte monedas de oro para el sexto! ¡Veinticinco monedas de oro para el sexto!

Nuestro padre y nuestro tío Itzi están sentados con las caras inclinadas uno hacia el sur y otro hacia el norte, cada uno de ellos supuestamento metido en su Jumash y cada vez que uno aumenta la suma, el otro la aumenta aún más, y la gente los ayuda.

–¡Treinta! ¡Treinta!

El bedel Rev Lemel canturrea:

–¡Treinta monedas de oro para el sexto!

–¡Treinta y tres!

–¡Treinta y cinco!

–¡Cuarenta! ¡Cuarenta!

–¡Cuarenta monedas de oro para el sexto!

–¡Cuarenta y una!

–Cuarenta y dos!

–¡Cincuenta! ¡Cincuenta!

–¡Cincuenta monedas de oro para el sexto! ¡Cincuenta monedas de oro para el sexto! Cincuenta monedas de oro para...

El bedel Rev Lemel levanta la mano y quiere terminar el asunto a favor de nuestro padre. ¿Qué hizo nuestro tío Itzi? Levantó el dedo hacia todas las personas que lo ayudaban:

–¡Cincuenta y uno!

–¡Cincuenta y dos!

–¡Cincuenta y cinco!

En resumen, el sexto sigue siendo propiedad de nuestro tío.

Cuando llegó el momento de la venta del maftir, nuestro padre miró al bedel Rev Lemel e inclinó la mano, como diciendo: "El maftir es mío desde siempre"; el bedel estaba por acordar con nuestro padre, pero todos siguieron a la mayoría, la gente no está de acuerdo con eso, no hay monopolio y hay un gran temor por el maftir.

–¡Veinte! ¡Treinta! ¡Cuarenta! ¡Cuarenta y cinco!

Nuestro padre inclina la cabeza para ver quién es el que se extralimita con el maftir; imagínense que también esta vez es nuestro tío Itzi, que desea el maftir para su yerno el avrej.

Pero, ¿nada le alcanza? ¿Antes se llevó el sexto y ahora acecha para tomar también el maftir?

¡Nunca jamás! Nuestro padre insinúa al bedel:

–¿Cien monedas de oro?

La palabra "cien" cobró vuelo y llenó todo el recinto de la sinagoga; toda la gente se asombró y estremeció: ¿Les parece poca cosa? ¡Hacen falta cien para un solo maftir!

Y el bedel Rev Lemel alza la mano y dictamina:

–Cien monedas de oro por el maf...

Pero en ese mismo momento nuestro tío se pone de pie y nuestro padre lo perfora con la mirada como diciendo: "¡Óyeme! ¿Quieres matar a tu hermano? ¡Mátame y no me hagas ver mi desventura!"...

En resumen, el maftir quedó en nuestras manos.

–¡Muy buenos días, nuestro tío Itzi! ¡Muy buenos días, nuestra tía Dvoire! Los dos atronamos al llegar a la casa de nuestro tío y nuestra tía, que nos reciben amablemente como a buenos huéspedes.

–Ciertamente, traviesos, la Hagadá no es lo principal para ustedes, sino el afikoman.

Eso nos dice nuestro tío, nos pellizca las mejillas con cariño y amistad, saca la mano del bolsillo y nos da dinero de Janucá, veinte centavos para mí y lo mismo para mi hermano Motl, y nos vamos alegres y de buen humor a casa de nuestro tío el maestro y Rabino Beinush y nuestra tía la señora Yente.

 

VI

Si quieren imaginar el infierno con todas su fuerza e intensidad, vayan a la casa de mi tío Beinush.

No importa a qué hora lleguen, siempre oirán ruido y alboroto. La casa está llena de niños desnudos y descalzos, sucios, desprolijos, sin bañar, heridos y rasguñados, salvajes.

Uno llora y otro ríe, uno canta y otro chilla, uno se lamenta y otro silba.

Uno viste el capote arremangado de su padre y otro monta una pala y baila, salta y brinca. Éste sorbe la leche de la jarra y casca nueces, ese sostiene una cabeza de arenque y aquél chupa un trozo de una flor. Es increíble la paciencia de nuestra tía, la señora Yente, para soportar toda esta gente, sus problemas y su carga. Todos los días desde la mañana hasta la noche maldice a sus hijos, los insulta, golpea y araña, sin distinguir entre inocentes y culpables; no se salvará nadie que esté al alcance de su mano; uno recibe un empujón, otro un sacudón, el tercero una paliza y el cuarto un golpe en el costado o en el hombro. Una bofetada es una cuestión trivial.

Las maldiciones: "¡Que te contagies la difteria! ¡Ojalá sean ustedes la penitencia de todos los judíos! ¡Que las tinieblas se los lleven!" Y así sucesivamente, éstas son las maldiciones más leves; allí, en esa casa, se pueden oír otras más pesadas, por ejemplo: malaria, tuberculosis, inflamación, tizón y añublo, locura y ceguera, plagas severas y duraderas, cada enfermedad y cada golpe, todas las dolencias malignas de Egipto, etc. Y todo eso como quien saluda a un amigo y le desea "un buen shabat".

Cuando llegamos aquí vemos al pequeño Azriel montado sobre Guetzi el grande, y a Efraim y Mendel bailando como carneros delante de ellos.

Moishe encontró el gaznate de un ganso degollado y lo sopló con todas sus fuerzas hasta que logró sacarle un sonido extraño como la voz de un cerdo cuando se lo empuja. Zainvel tocaba un silbato y Senderl llevaba en las manos un gatito y le apretaba el cuello; el gato ya había sacado la lengua, cerrado los ojos y estirado las patas, como diciendo: "¡Esto es lo que nos hacen en esta casa!"... El mejor de ellos es Pinhesl (el último, pero el mejor), un niño pequeño y estevado, con la camisa enrollada hacia arriba, agradable y muy inteligente, con un solo defecto: donde sea que se encuentre, dejará cierta marca...

Pero nada de eso impide a nuestra tía Yente sentarse tranquila y sosegada con dos almitas pequeñas, mientras amamanta a uno, sostiene al otro en el regazo y bebe achicoria.

–¡Seré tu expiación, por ti, por tu alma y por tus huesos!– Así dice nuestra tía y abraza con mucho amor a la criatura que amamanta, y como de casualidad propina un empujón nada delicado al niño que sostiene en el regazo.

–¡Por favor, vean cómo come este glotón, D's nos libre! ¡Esterl! Rochele! ¡Haski!

–¿Dónde están ustedes, niñas? ¡Por favor, límpiale la nariz a este pícaro y llénale una taza de achicoria a este travieso, que se lo lleven las tinieblas! ¡Mi espíritu, mi alma, mi corazón y mi consuelo! ¡Yo por ti y por tus huesos! ¡Durante todo el día no cierran la boca, de la mañana a la tarde! ¡Que un tumulto, una muerte violenta, una enfermedad terrible recaigan sobre ustedes y sobre vuestras cabezas, Señor del Universo! ¡Mi padre! ¡Mi corona! ¡Mi gloria! ¡Mi alma! ¡Mi corazón! ¡Mi consuelo!

Cuando nos vieron, a mí y a mi hermano Motl, vinieron todos corriendo, desde el más grande hasta el más pequeño, uno trepa y se sube a nuestros brazos, el otro gatea y se refriega en nuestros pies; Haiml hizo sonar el gaznate del ganso degollado en mis oídos,  Dovidl me abrazó con los zapatos calzados en las manos. Todos claman y se gritan los unos a los otros con melodías y palabras, en una mezcla caótica de voces extrañas que zumban en nuestros oídos, y el clamor llega hasta el cielo. Nuestra tía, la señora Yente, los increpa con maldiciones enérgicas:

–¡Griten por los dientes! ¡Que este grito sea el último de ustedes, Señor del Universo! ¡Para mí por tu alma y por tus huesos, mi corona, mi gloria, mi alma, mi consuelo, mi corazón!

Mientras tanto, nuestro tío Beinish entró a la casa. Es un hombre bajo y panzón, de buen aspecto y barba grande, con el talit y los tefilin en la mano; y se hace el silencio. Toda la pandilla desaparece al instante, no hay quien mueva un ala ni quien abra la boca y silbe, como si todos se hubieran escondido en cuevas y túneles por miedo de su padre y de su espléndida barba. En la casa reina el silencio ¡y sea la paz para todo Israel!

–¡Muy buenos días, nuestro tío Beinish!– ¡Los dos, yo y mi hermano Motl, exclamamos a la vez.

–¿Qué hacen aquí, bromistas? Sin duda han venido para recibir el dinero de Janucá.

Así nos dice con voz estentórea nuestro tío Beinish, y da a cada uno una moneda de plata de quince centavos, mientras toda la pandilla nos mira con gran envidia desde los rincones, como pequeños insectos, y nos lanzan miradas brillantes como ratones y nos hacen gestos y señas con los dedos y hacen muecas extrañas, y sólo tienen la intención de divertirnos. Yo y mi hermano Motl nos contenemos con todas nuestras fuerzas para no reírnos y nos escapamos de ese infierno.

 

VII

Desde allí corremos a la casa de nuestra hermana Sara Heidl y su esposo Sholem Zeidl, que en paz descansen (los dos pasaron ya a mejor vida). Esta hermana fue desde la infancia una gran llorona, lloraba por cualquier cosa sin importancia, por si acaso, por cualquier problema de ella o de los demás derramaba lágrimas, y desde que se comprometió con Sholem Zeidl se abrió un manantial de lágrimas y no dejaba de llorar. ¿Tal vez piensan ustedes que era porque el novio Sholem Zeidl no le gustaba?

¡De ninguna manera! ¿Cómo se atrevería una joven judía a detestar a su elegido, aunque ella no lo conocía antes y tampoco él la conocía a ella, y no se habían visto hasta el día de la boda? Simplemente, porque antes del día de la boda y de la alegría de su corazón, la novia debe llorar, y más aún el día de la boda en el momento en que Boruj Leib el bromista se subió a la mesa, puso las manos sobre su vientre e inclinó la cabeza como cuando se despide a un muerto, y empezó a decir con un tono que invitaba al llanto y el duelo:

–¡Querida novia, novia agraciada! ¡Conduélete, laméntate y haz oír un rugido! ¡Tus lágrimas se tenderán como un hilo de gracia sobre ti, y ante el tribunal del cielo tendrás muchos que te elogien! ¡Ah! Dentro de poco te conducirán a la jupá, en este día se encontrará tu perdón; por eso te enseñaré inteligencia, señora: la vida es amarga como el rábano y como el rábano picante, porque el hombre es un gusano, se parece al aliento fútil, del polvo ha venido y al polvo volverá, a la tierra; Por lo tanto, debes arrepentirte, ser humilde, modesta y triste, y derramar lágrimas como agua ¡ante quien Quien mora en el cielo!...

Pero así como nuestra hermana Sara Heidl era una mujer triste y taciturna, nuestro cuñado Sholem Zeidel era un hombre alegre y de cara sonriente, con tendencia a hacer bromas a la gente; con todo respeto, era burlón, es decir que le gustaba burlarse de nosotros, para irritarnos enviaba dos dedos directamente a la punta de la nariz o la oreja, y eso le causaba un verdadero placer.

Más de una vez se nos inflamaban las orejas por sus pellizcos y el rumor de que nuestro cuñado renunciaba a la mesa de nuestro padre nos pareció una gran noticia. El día en que la pareja dejó nuestra casa para vivir por su cuenta, la casa estaba de duelo. Nuestra hermana lloraba sin cesar, nuestra madre la ayudaba a derramar lágrimas y también la cocinera, la señora Braine, apareció con lágrimas en las mejillas; en resumen, todo el mundo empezó a llorar de manera espectacular y sólo nuestro cuñado Sholem Zeidl, que ayudó a empacar las pertenencias, se deslizaba con una rapidez asombrosa hacia nosotros y nos tiraba de las orejas y la nariz de manera sublime.

–¡Muy buenos días, cuñado Shalom Zeidl! ¡ ¡Muy buenos días, hermana Sarah Heidl!

Yo y mi hermano hacemos bulla y Sholem Zeidl saca del bolsillo y nos pone en las manos monedas de plata nuevas y relucientes, y antes de que tengamos tiempo de contarlas, ya recibimos pellizcos en la oreja y en la nariz, alternadamente: primero un gran pellizco en mi oreja y el envío de un dedo a la nariz de mi hermano Motl, y después al revés: un dedo a mi nariz y un gran pellizco a las orejas de mi hermano Motl.

–¡Basta ya de atormentar a los niños!– Le ruega nuestra hermana y nos lleva a un costado para llenarnos los bolsillos de galletas, nueces y algarrobas, además del dinero de Janucá propio que nos dará generosamente. Nos apresuramos a salir de la casa porque el día es corto y un largo camino nos aguarda.

 

 

Categorías: Textos y fuentes, Jazal y el período del galut, literatura

 

Palabras clave: dinero de Janucá

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