google-site-verification: google77f5fad91e8f4e96.html La copa del Gobernador - Relato popular judío de Kurdistán

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Fuentes y filosofía/
Pesaj

La copa del Gobernador - Kurdistán

Relato popular judío de Kurdistán

En víspera de Pesaj, al amanecer, llegaron a Amadiya, en Kurdistán, varias familias judías, de las aldeas vecinas, para celebrar la fiesta de Pesaj en casa del Rabino Yehuda Ben-Shimón. El hijo de Rabi Yehuda daba la bienvenida a los invitados y, junto con sus hermanos y hermanas, los ayudaba a descargar de sus mulas sus productos y sus enseres de Pesaj. Las esposas de los invitados se sumaron a las mujeres de la casa y juntas se dedicaron a los preparativos de la celebración. Los hombres dieron de comer y beber a las mulas y limpiaron los establos de todo resto de jametz.

 

A las diez de la mañana se escuchó la voz del shamash que llamaba desde el techo de la sinagoga central de Amadiya:

 

«Es hora de quemar el jametz. ¡Pesaj, Pesaj, no harás toda labor!»

 

A esa misma hora, la familia de Rabi Yehuda y sus huéspedes se dedicaron a la quema del jametz que quedaba y participaron todos de la ceremonia del horneado de la "Matzá Shmurá". Todos marcharon cantando hacia los hornos, encabezados por Rabi Yehuda, que llevaba al hombro una vasija con "Nuestras aguas".

 

Los hombres ayudaron a las mujeres en todos los trabajos previos al horneado de las matzot. Uno de los muchachos colocaba en el horno ramas de sauce y palmas, que habían sido guardadas para ello desde la fiesta de Sucot. La anciana madre de Rabi Yehuda dirigía los trabajos del horneado de la "Matzá Shmurá".

 

Todos los hombres, que se habían agrupado junto al horno, llamaron en alta voz: «Cohen, Cohen», y el Cohen del grupo se acercó para hornear la primera hogaza.

 

«Levy, Levy», y el Levy del grupo horneó la segunda hogaza. «Israel, Israel», y cualquiera de los otros hombres, que no era Cohen ni Levy, horneó la tercera hogaza. Con la ayuda de un palo tomado de un árbol cítrico, marcaron con una raya la "Matzá del Cohen", con dos rayas la "Matzá del Levy", y con tres rayas la "Matzá de Israel". Las tres hogazas de la "Matzá Shmurá", horneadas mientras se entonaba el "Halel", fueron colocadas sobre una fuente de bronce, cubiertas con un pañuelo bellamente ornamentado, y las llevaron al cuarto de Rabi Yehuda entonando canciones de la festividad. Cuando el portador de la "Matzá Shmurá" y sus acompañantes ya llegaban al cuarto del rabino, se toparon con el Gobernador de la provincia y sus guardaespaldas, que salían a las apuradas de la puerta de casa.

 

Cuando entraron al cuarto vieron a Rabi Yehuda con el rostro sombrío, los ojos cerrados, y rezando en murmullos. Cuando notó este a quien le presentaba la "Matzá Shmurá" y a sus acompañantes, abrió los ojos, los observó con una grave expresión en el rostro, y les dijo: «El Gobernador me ha ordenado revelarle en tres días quién robó de su tesoro una copa de oro incrustada de diamantes. Si no logro revelarle el nombre del ladrón en tres días, el Gobernador ordenará esparcir harina por toda nuestra casa, malogrando la alegría de nuestra festividad. Si, en cambio, logro revelarle el nombre del ladrón, el Gobernador donará a la caja comunitaria monedas de oro de peso equivalente al de la copa buscada».

 

Las palabras de Rabi Yehuda, pronunciadas con gesto lúgubre, dejaron atónitos a sus oyentes y ensombrecieron sus rostros. Uno de los huéspedes ancianos extendió sus manos y rezó: «Padre Celestial, frustra las intenciones del Gobernador que busca profanar el precepto de Tu Torá: siete días no se verá levadura en vuestro hogar». Al ver el Rabino el sombrío semblante de sus familiares y huéspedes, iluminó su rostro y dijo: «Celebremos la Noche del Seder como está estipulado y esperemos la salvación del Creador. En Nisán fueron redimidos, y en Nisán lo serán. Pues no abandonará Dios a su pueblo». Las palabras del Rabino insuflaron el espíritu de fe e infundieron la esperanza en los corazones de anfitriones y huéspedes por igual.

 

Por la noche, al reunirse toda la congregación en la sinagoga para el servicio festivo, el Rabino dijo a los feligreses: «Adorad a Dios con alegría, alegraos con estremecimiento por la pronta redención de Dios». La congregación, que llenaba la sinagoga de pared a pared, rezó las plegarias del servicio festivo con pasión y devoción. La emoción de los orantes y su temor reverencial se hizo notar cuando elevaron su voz al pronunciar el salmo de la festividad: «Y clamaron a Dios sus lamentaciones, para que los redimiera de su sufrimiento». Estando el Rabino, sus hijos y sus huéspedes en la sinagoga, dos de los soldados del Gobernador se ocultaron en el techo de la casa de Rabi Yehuda. El Gobernador les había ordenado escuchar desde la chimenea de la casa y descubrir qué hacía el Rabino judío, para descubrir el nombre de la persona que había robado del tesoro su copa más querida.

 

Cuando se inició el Seder, los soldados escucharon atentamente las voces que llegaban por la chimenea, y no descubrieron nada. Cuando estaban por quedarse dormidos, por la chimenea subieron las voces de los comensales, que cantaban el "Daieinu" ("Nos conformaríamos"). Cuando uno de los soldados escuchó que el Rabino y los comensales repetían "Daieinu", dijo a su compañero: «¿No escuchas? El Rabino reveló que "Daieinu", el guardia de la ciudadela, es quien ha robado la copa del Gobernador»… El soldado adormilado abrió sus ojos y escuchó que todos los comensales repetían: «Daieinu, daieinu», como confirmando las palabras del Rabino.

 

Los soldados descendieron del techo de la casa y se apresuraron a anunciarle al Gobernador que el Rabino judío había revelado que el ladrón era "Daieinu", el guardián de la ciudadela. Esa misma noche, el Gobernador mandó llamar a "Daieinu" a comparecer ante él.

 

El guardián de la ciudadela admitió que había robado la copa, y que la había ocultado en un hoyo en el cuarto de guardia. El Gobernador ordenó arrestar al acusado y se apresuró a casa de Rabi Yehuda, para agradecerle y felicitarlo por su enorme sabiduría. El Gobernador confió al Rabino que los soldados que había apostado sobre el techo de su casa habían escuchado que él decía: «Yad Daieinu Meál» («La mano nos alcanza desde arriba»). Los ojos del Rabino se iluminaron, su rostro irradió alegría y en su corazón agradeció al Creador por esa maravillosa salvación, y a los comensales les pareció que soñaban despiertos al escuchar las palabras del Gobernador. Cuando este quiso entregar al Rabino una bolsa de monedas para la caja comunitaria en Amadiya, Rabi Yehuda le aclaró que los judíos no podían ocuparse en asuntos financieros en día festivo, y le solicitó postergar la donación para después de la festividad. La alegría de los comensales en casa de Rabi Yehuda no conocía fin. Por una larga hora repitieron con pasión y alegría las palabras de la Hagadá: «Y esta promesa fue la que sostuvo a nuestros antepasados y a nosotros, pues no ha sido solo uno el enemigo que se ha levantado para aniquilarnos, sino que en cada generación hay quienes lo intentan, mas el Santo Bendito Sea nos continúa salvando de sus manos».

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