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Eitan Dror

Lluvias de bendición

publicado en "Einaim"

"¡Pronóstico del tiempo!", gritó papá, y todos, mamá, mi hermanita Mijal y yo, corrimos al televisor a ver qué tenía para decir la locutora. Porque era pleno invierno, la lluvia no llegaba y todos esperábamos, y hasta ahora habían caído apenas unas cuantas gotas y mamá decía: "Es tan terrible" porque las plantas y las napas subterráneas están esperando, el Kineret está triste, el aire de la ciudad necesita limpieza y, en general, cómo se puede vivir sin lluvias de bendición.

 

Hace exactamente una semana, en clase de Sociedad, la profesora nos contó acerca de Joni del Círculo, que vivió hace unos dos mil años. Por entonces hubo también un año de sequía, y los sabios del pueblo pedían a Joni, que tenía grandes poderes, que podía obrar milagros, que rezara al Cielo, y quizás, gracias a sus rezos, habría lluvias de bendición. Joni dibujó un círculo, se paró dentro y juró que las plantas de sus pies no saldrían del círculo, siquiera un poco, hasta que lloviera, y así fue.

 

Hacía varios días que pensaba en ello, incluso a la noche, antes de dormir. Y cuando mamá me preguntó: "¿Por qué no duermes?", le dije: "Porque estoy pensando en algo, pero todavía no logro descubrir qué es".

 

Al día siguiente, cuando volví de la escuela, después de almorzar, tomé una tiza anaranjada y les dije a papá y a mamá: "Adiós".

 

"¿Adónde vas?", me preguntaron.

 

"Estaré en la entrada del edificio", les dije. "No me alejo para nada".

 

Mamá me pregunto: "¿Bajas a jugar? ¿Antes de haber hecho la tarea?"

 

"No bajo a jugar, tengo algo importante que hacer, más que jugar o hacer la tarea".

 

"¿De veras?"

 

"Sí. Voy a hacer llover."

 

"Suena maravilloso", dijo papá. "Es realmente muy importante".

 

Mamá dijo: "Pero, ¿cómo lo harás, exactamente?"

 

"Dibujaré un círculo, me pararé dentro de él, no me moveré, ni siquiera pisaré la línea, hasta que llueva", dije, y bajé a la calle.

En la entrada, sobre las baldosas grises, cerca del pasto, dibujé un círculo. Me paré dentro, y declaré en voz alta: "Espero lluvias de bendición", levanté mis brazos a los costados, para poder sentir inmediatamente las primeras gotas.

 

Pude ver que por la esquina pasaba la vecina Rujama. Tenía dos canastas en la mano. Esperé que la lluvia comenzara antes que ella alcanzara a regresar al edificio, porque iba caminando muy despacio, y murmuré: "Vamos, lluvia, apresúrate, tengo apenas dos minutos", porque entre las dos y las cuatro ella no dejaba jugar afuera, y ahora no podría escaparme de ella, pues no podía moverme.

 

Rujama se paró a un paso de mí, acercó sus fosas nasales, se quitó los anteojos y los apoyó en su nariz. Yo estaba paralizado, casi no respiraba, y un momento después dijo con tono feroz: "¿Quién puso un espantapájaros aquí, justo en la entrada? ¡Una vergüenza!". Y subió a su casa.

 

Me quedé ahí parado una hora, quizás dos, tenía hambre y sed. Papá me trajo un sándwich y mi hermana Mijal un jugo de manzana.

 

"¿Cuándo vienes?", preguntó Mijal.

 

"Dentro de poco, cuando llegue la lluvia de bendición".

 

"¿Y cuánto es dentro de poco?"

 

"Es una pregunta difícil", le contestó papá. "Ven, Mijal, vamos a pasear", y a mí me dijo: "Vendremos a visitarte".

 

Hasta que papá y Mijal regresaron, había comenzado a oscurecer, y mamá me gritaba desde el balcón: "Eial, Eialito, debes subir".

 

"Otro ratito, mamá."

 

"Ya es de noche, dulce".

 

"Sí, pero prometí no moverme de aquí".

 

"Es tarde, mañana podrás volver a tu círculo".

 

Y la verdad es que estaba un poco harto de estar ahí parado, y tenía frío. Subí a casa, y sobre la mesa me esperaba una sorpresa: papá y mamá me habían preparado un enorme plato de papas fritas. "Te lo mereces", me dijeron, "qué suerte tenemos de haber sido bendecidos con un niño tan maravilloso".

 

Al día siguiente, después de la escuela volví enseguida al círculo, pero esta vez lo llamé a Shajar para que viniera también, porque era aburrido estar ahí parado sin hacer nada. Shajar vino, y fue mucho más divertido.

 

Papá y Mijal vinieron a visitarnos y nos trajeron jugo de naranja, algunas golosinas y un juego de damas, que pusimos fuera del círculo y nos sentamos a jugar, sin pasarnos de la raya, de verdad.

 

No pasó mucho tiempo, y sentimos unas gotas, aplaudimos de la emoción, y levantamos la cabeza al cielo, y descubrimos que era la señora Gamlíel, la del tercer piso, que estaba regando las plantas.

 

Pero no había lluvia, ni siquiera un poco. Cuando la mamá de Shajar vino a visitar, Shajar volvió con ella a su casa y dijo que quizás, quizás, vendría también al día siguiente.

 

Shajar no vino al día siguiente, bajé solo, como siempre después de la escuela y después de la comida, y ya estaba bastante enojado con la lluvia. Joni no había estado ahí parado tanto tiempo, no era justo. Pero un momento antes de rendirme, justo unos minutos antes, vi de repente un rayo en el cielo y luego se escuchó un trueno fuerte y cayó un diluvio. Bueno, no tanto, pero era de verdad una lluvia de bendición. Mamá y papá me gritaron desde el balcón: "¡Eial, Eialito, gracias!"

 

Incluso Rujama, la vecina, que generalmente gruñe, bajó, me dio un beso ruidoso y dijo: "Bendito seas, lo que hiciste fue sencillamente maravilloso".

 

"¡Pronóstico del tiempo!", gritó papá. Mamá, Mijal y yo nos sentamos frente a la tele para ver la lluvia, que "ha sorprendido a todos", así dijo el locutor.

 

Yo me sonreí, porque, claro, a mí no me había sorprendido en absoluto.

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