google-site-verification: google77f5fad91e8f4e96.html Abraham Adarat
Fuentes y filosofía/
Tisha BeAv

Abraham Adarat

Entre otras efemérides especiales del pueblo de Israel brilla el día de recordación de la destrucción de la Casa. La "Casa", "Bait", es el Templo, el Beit Hamikdash. Estamos acostumbrados a esta combinación de "Bait" con "Mikdash" (Santuario), como la marca del lugar que constituye el centro de la sacralidad, que simboliza el vínculo especial del pueblo de Israel con su Dios: el vínculo del Pacto; y conviene prestar atención al hecho de que tal denominación no existe en otros pueblos del mundo en la misma época. En todos los pueblos se hallan santuarios como centros de adoración y ritual, y los hay varias veces más grandes y magníficos que el Beit Hamikdash en Jerusalén, pero no hemos hallado que esos otros pueblos denominaran a su centro de adoración con el nombre intimista de "Casa", "Bait".

 

En efecto, también en Israel, el lugar es denominado al principio con la forma común: acerca de la construcción del Mishkán (el Tabernáculo) se dice: "Y me harán un Mikdash (Santuario) y moraré en el medio de ellos" (Éxodo, 25:8). El Tabernáculo se llamó, en todas las etapas de su construcción y funcionamiento, "Mishkán" solamente ("Y el honor de Dios llenó el Mishkán") y similares, en todas las descripciones posteriores.

 

El nombre de "Bait" para el Mikdash aparece por primera vez en las reflexiones de David sobre la necesidad de construir una casa permanente para el Mikdash. Y como se sabe, ello le fue prohibido, y la misión fue encomendada a su hijo Salomón ("él construirá una Casa en mi nombre", Samuel II, 7:13). Y desde los días de Salomón en adelante, escuchamos acerca del Beit Hamikdash, o en la abreviatura extendida: "Habait", "la Casa": "Y se construyó la Casa para Dios" (Reyes I, 6:1). Esta denominación alude a dos cosas al mismo tiempo: un hogar para el Santuario divino y en su honor, y una casa que simbolice el vínculo entre el Creador y el Pueblo Elegido, que aceptó el llamado en el Monte Sinaí de vivir en el mundo como un "Reino de sacerdotes y pueblo sagrado", con el fin de reparar el mundo y elevar al ser humano.

 

La destrucción de "Habait", el Primero y el Segundo, provocó a las generaciones que vivenciaron el terror de la destrucción un dolor profundo y una grave crisis. La pregunta acerca del grito al inicio del rollo de las Lamentaciones expresa la gravedad de la crisis:

 

"¡Cómo ha quedado solitaria la ciudad que estaba llena de gente! ¡Cómo se ha tornado viuda!"…

 

"Cómo" no se refiere a las consecuencias físicas de la destrucción sino a la puesta en tela de juicio interno de la fe en la eternidad del vínculo entre el Creador y el Pueblo de Su Pacto. Y de aquí se entiende la caracterización del trauma del golpe de la destrucción en este versículo: "Se ha tornado viuda". Es decir: el Pueblo del Pacto están llorosos y dolidos frente a las ruinas de la "Casa" como aquella viuda que ha quedado sola y abandonada en el mundo, luego que su esposo, el compañero de su juventud, falleciera.

 

En el mundo de los judíos creyentes, la destrucción se percibe como un acontecimiento que viene de Dios. Y por eso quedaron perplejos preguntándose: cómo "cortó en el ardor de su ira todo el poderío de Israel. Retrajo Su diestra de delante del enemigo, y consumió a Jacob con devoradora llama" (Lamentaciones 1:3) el grito de las Lamentaciones. En este sentido escuchamos el llanto de la generación de la destrucción del Segundo Templo, que se reunieron en Yavne bajo la conducción de Rabán Yojanán Ben Zakai: "Dijo solamente Yojanan Ben Torata: ¿Por qué se destruyó Shiló? Porque había profanación en su interior. Jerusalén, Primer Templo, ¿por qué se destruyó? Por idolatría, incesto y derramamiento de sangre que había en su interior. Pero últimamente (en la época del Segundo Templo) sabemos que allí se dedicaban a la Torá y eran cuidadosos en dar su diezmo. ¿Por qué fueron exiliados? Porque amaban el dinero y se odiaban unos a otros. Para enseñarte, que es más grave el odio de unos a otros ante el Eterno, y pesa tanto como la idolatría, el incesto y el derramamiento de sangre (Tosefta, Manjot, 13, 12).

 

En efecto, no hubo en las generaciones del Segundo Templo una generación fiel al camino de la Torá y a la conducción de los Sabios de la Torá como la generación de la destrucción. Y cuanto más profunda era esta fidelidad, más grave era la crisis de la destrucción que azotó a aquellos judíos creyentes, que vivenciaron el terror de la destrucción. La destrucción podía haber llevado a aquellos judíos, buenos y creyentes judíos, a poner en duda su fe en la continuidad del Pacto de Sinaí; y la pérdida del sentido de la existencia de la Torá y su forma de vida, que habían sido fundadas en aquel Pacto.

 

¿Cómo ocurrió la maravilla de la continuidad de la existencia del pueblo de Israel a pesar de esta grave crisis?

 

No fue un milagro del Cielo, sino la obra de un puñado de sabios, que sobrevivieron la destrucción y ordenaron al pueblo atormentado ver la destrucción como una de las etapas y una de las pruebas del Pacto de Sinaí. Todo aquel cuya fe sea fuerte de verdad y por virtud de este pacto debe aprobar esta prueba, es decir: continuar viviendo como judíos, aun sin Jerusalén y sin el Beit Hamikdash como centro de sacralidad del pueblo de Israel. Y de acuerdo con ello, escuchamos de boca de Rabán Yojanán Ben Zakai la siguiente parábola:

 

"Si tuvieras en tu mano un árbol que plantar, y te dijeran: ¡He aquí al Mesías!, ve, planta tu árbol y luego sal a recibirlo" (Avot, palabras de Natán, versión II, capítulo 34).

 

Es decir: continúa viviendo como judío aun en la realidad de la destrucción de Eretz Israel. Y si se te acercan personas y te dicen: ¿por qué te dedicas a las pequeñeces de la vida diaria de los judíos (en "plantar")? ¡Llega el Mesías y te está esperando!... No los escuches. Continúa, por el contrario, realizando la "plantación" que tienes en tus manos. Y luego de que acabe tu labor y quede fijada en la tierra, sal a ver qué hay de cierto en eso de la llegada del Mesías: si el Mesías realmente ha llegado, tendrás en tus manos tanto Mesías como "plantación". Y si resulta que era un falso rumor, regresa a tu hogar para continuar con tu "plantación".

 

Esta es la Yavne que enseñaron sus sabios al pueblo atormentado. Gracias a ella, el poblado judío continuó existiendo en la Tierra de Israel, como una comunidad productiva y como centro para todas las Diásporas, aún cientos de años después de la destrucción.

 

Y de aquí comprendemos una lección para las generaciones venideras, de cómo convertir una crisis de destrucción en plataforma para la creación constructiva.

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